sábado, 23 de julio de 2011

El régimen de la Soul Society

Bleach, el exitoso manga y anime, idea original de Noriaki Kubo, nos muestra una particular representación del Más Allá, la Soul Society, literalmente como "otra vida", reflejo en el espejo de nuestro mundo, o tal vez sería más específico decir, reflejo de una cierta imagen del Japón del Antiguo Régimen. En efecto, el mundo de las almas que representa Kubo, es un mundo semejante al nuestro, en primer término porque en él el tiempo corre igual que aquí. No se trata de un Cielo detenido en la contemplación eterna (y por tanto atemporal) de Dios, como el que creemos en la tradición católica, sino más de bien de otra dimensión igual de terrenal y de temporal que la nuestra. Lejos de ser un sitio de descanso eterno, en él los habitantes ríen, lloran, gozan y se entristecen como en esta misma vida. Y como donde hay almas y corre el tiempo se requiere de una cierta organización, en la Soul Society hay régimen y gobierno, semejante o inspirado insisto, al del Japón de antaño.
Lo más claro al respecto es su constitución: una monarquía, pero en la cual el rey está ausente, como lo estaba de manera tradicional el Emperador hasta antes de la Era Meiji. Monarca invisible, retirado en otro mundo impenetrable, prácticamente enclaustrado, mas no por ello menos indispensable para el buen funcionamiento del orden en este Mas Allá tan terrenal. De hecho, si bien la protección de la ciudad donde se desarrollan los eventos de la historia tuvo un peso importante, en realidad la gran batalla que guió la historia principal, era para evitar que un capitán rebelde lograra siquiera acceder a la dimensión del rey. Como en buena monarquía tradicional, el rey no gobierna en el sentido moderno del término, sino que es la fuente de toda la legitimidad, con lo que tan sólo la posesión de su persona (ya no digamos su falta por muerte o alguna otra circunstancia), significaría la crisis de toda la organización.
Monarquía pues, pero contrario a la del Japón antiguo, la Soul Society no tiene un Shogun. No es una diferencia menor, pues ello evita la concentración de poder en una autoridad principalmente militar como era la de aquél. Empero, no es menos cierto que el régimen está profundamente marcado justamente por las dos castas de mayor relevancia de tiempos del shogunato, la nobleza y las fuerzas armadas, estas últimas representadas aquí, no por samurais sino por el ejército de Shinigamis formado por el Gotei 13, las Fuerzas especiales y la Divisón de Kido, que son los grandes protagonistas de la historia. No hay, por tanto, un gobierno al estilo moderno, no hay una potestad pública que ejerza sobre ciudadanos en principio iguales, sino un gobierno prácticamente estamental.
Por un lado está el gobierno de los clanes nobles, con sus abundantes bienes (pensemos por ejemplo en la mansión Byakuya), sus propias reglas, su particular jurisdicción, su refinada etiqueta como símbolo, y sus jefes hereditarios por supuesto. Por el otro lado están unas fuerzas armadas organizadas en divisiones, fundadas más o menos en la meritocracia, e incluso se diría que representan aquí el espíritu moderno por su profesionalización en la Academia Shinigami, aunque con ciertos límites como prueba el caso del capitan Kenpachi. Pero claro está, no se trata de dos estamentos por completo separados, sino profunda y confusamente imbricados: ciertas divisiones de las fuerzas armadas (la 2a. y la 5a. sobre todo) son patrimonio de ciertas familias nobles, cuyos jefes de clan son los capitanes de ellas.
Mas a fin de dar orden a estos dos estamentos, existe una autoridad suprema, aunque siempre por debajo de la del rey: un consejo de notables, la Cámara de los 46, cuarenta sabios y seis jueces, que ejercen de comandantes supremos de las fuerzas armadas, y con capacidad incluso de cuestionar la jurisdicción nobiliaria. Por supuesto, lejos estamos aquí de un Parlamento moderno o incluso de un órgano de representación. Nunca se nos dice exactamente cómo se eligen sus miembros, pero está claro que está pensada para que sus decisiones hagan contrapeso a la autoridad militar de los Shinigamis. Mas la Cámara está ahí sobre todo para velar por la conservación del orden, por lo que propiamente hablando no gobierna, sino que ejerce jurisdicción. Tan es así que en la historia la hemos visto funcionar sobre todo como tribunal, eso sí, draconiano. Tal vez por ello, aunque sus miembros son masacrados por el rebelde Aizen, y ello causa horror en los altos mandos de los shinigamis, nadie llora a la Cámara una vez desaparecida.

En fin, no todos los que habitan en la Soul Society pertenecen o dependen de esos dos estamentos. Antes bien, aun si los shinigamis son muy numerosos, se entiende que son sólo una minoría. Ahí está tal vez la parte más ajena a nuestros valores modernos en matería de política de esta representación del Más Allá: si bien tanto uno y otro de los estamentos pueden tener presencia en el extenso territorio fuera de la ciudadela central en la que se concentran, queda claro que ningún gobierno ha sido pensado para esos territorios, y a medida que estos están lejos de la capital, aumenta también el grado de violencia cotidiana que deben soportar sus habitantes por falta de una autoridad legítima reconocible. Con lo cual, la Soul Society se nos representa no sólo ya como un Más Allá temporal y por ello igual de susceptible de penas y alegrías nuestro mundo, sino además como un país cuyo régimen no tiene ningún empacho de estar fundado en la exclusión, en la diferencia de linaje, y en buena medida en todo aquello que la modernidad liberal y democrática ha pretendido superar en éste.

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