sábado, 16 de abril de 2011

El tema de Saint Seiya

Quien hubiera comenzado a ver "Los Caballeros del Zodiaco" allá a principios de la década de 1990, cuando llegó a México, sin duda hubiera pensado que se trataba de un anime muy clásico en su planteamiento. Un joven que debe librar una serie de combates, los del llamado "Torneo Galáctico" contra otros 9 "caballeros". Sin embargo, poco a poco, conforme se avanza en la trama, la historia resulta ser muy otra: en realidad, se trata de una guerra civil, ni más ni menos que entre los defensores de la encarnación terrestre de una diosa griega, Atenea (o Atena como le dicen en Saint Seiya), que habría sido desplazada de su santuario en Grecia por un usurpador del puesto de Patriarca. Tal fue la historia que nos fascinó a muchos entonces, y en la que vimos a los jóvenes caballeros leales a la "verdadera" Atena, Saori Kido, imponerse en grandes batallas contra los enviados del Patriarca, comenzando por uno de sus propios compañeros, el caballero del Fénix, hasta los caballeros de plata, y luego atravesar finalmente las Doce Casas de los caballeros de oro en el propio santuario.



Mas esta batalla, interna insisto entre las fuerzas de Atena, no era sino el preludio de una mayor, que sólo se revela al final de la saga clásica: Atena está ahí (o mejor dicho aquí en la Tierra), para ayudar a la humanidad a combatir a dos grandes rivales, el dios de los mares, Poseidón, y sobre todo el del inframundo, Hades, contra quien ha librado grandes y sucesivas batallas cada dos siglos.
Pero lo interesante es que la batalla cíclica, que haría de Saint Seiya una mera batalla entre olímpicos, una nueva Ilíada, es sustituida por una batalla definitiva, en la que el templo de Poseidón bajo el mar y sobre todo el Hades, la prisión de las almas humanas tras la muerte, es destruida. Esta línea argumental, que es finalmente la que se impone, hace de Atena una traidora de los otros dioses olímpicos, que resultan así ser enemigos de la humanidad. Saint Seiya, que uno podría haber pensado al inicio una serie de banales combates espectaculares, o más tarde una nueva teogonía, resulta ser más bien una especie de mito de Prometeo, en la que el papel del titán es el de esta diosa, amante de los humanos. Pegaso va surgiendo progresivamente, y creo en verdad que el propio autor, M. Kurumada, no lo vio sino conforme iba trazando la historia, como un campeón de la lucha de la libertad y de la voluntad humanas contra el dominio sobrenatural de los dioses. Ni más, ni menos. Por ello tal vez, en Saint Seiya hay una diosa, Atena, que no tiene culto alguno ni lo demanda. Lejos de ser así una historia de batallas entre hombres, o entre dioses, es una pretenciosa historia de la emancipación del género humano contra los dioses.
La batalla se plantea de manera directa ya en la última gran saga de Saint Seiya, la del Cielo. Nos lo anticipaba la agónica película Tenkai-Hen Joso Overture de 2004, en que la diosa de la Luna, Artemisa, y luego Apolo (por no decir Zeus de alguna forma), comienzan a intervenir escandalizados, y lo dicen una y otra vez, de esta rebelión humana. Aunque el actual desarrollo de la Saga del Cielo en el Next Dimension se ha enredado un poco en la cronología, la trama no deja de ser esa.



Curiosamente, la versión de la guerra contra Hades que ahora está por concluir en el manga Lost Canvas, ha retomado hacia atrás el tema de una forma original. Alone, el joven que debía encarnar a Hades para esta batalla, resultó ser lo suficientemente hábil para usar para sí los poderes del dios y poner en problemas, si no tanto a los dioses gemelos que lo custodiaban (Hypnos y Tanatos), sobre todo a su ejército, encabezado por Pandora. La guerra civil se traslada así al campo de Hades, y ahora Alone representa de alguna forma la versión "oscura" de esta saga: el caballero de Pegaso, se entiende, debe golpear a Hades para mostrar la fuerza de la voluntad humana y liberar a los hombres del dominio de los dioses; en Lost Canvas, Alone usurpa los poderes de los dioses, para liberar a la humanidad de ese dominio, destruyéndola y concediéndole literalmente la paz de los sepulcros, un extraño paraíso ajeno por completo a la creación de los dioses, el lienzo que incansablemente pinta en el cielo.

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