sábado, 12 de febrero de 2011

Kyou Kara Maou: Una utopía política de Antiguo Régimen

Desde su aparición, he venido siguiendo el anime Kyou Kara Maou, con sus tres temporadas y ovas, y aunque se trata de un "shonen ai" muy ligero, curiosamente me ha quedado la convicción de que vale la pena tomárselo un poquito más en serio, no por otra cosa sino porque la historia en su conjunto nos presenta una extraña utopía política, una versión laicizada y modernizada de la tradición político europea más rancia. En efecto, en esta fantástica historia en la que un joven preparatoriano resulta ser El elegido para ser el rey de un país de magia, y más aún, elegido para combatir a sus más terribles enemigos, e instaurar una nueva era de paz y prosperidad, hay un sinfín de referentes políticos.
En primer lugar, una monarquía compuesta y absoluta. Shinmakoku, el país que fundara el legendario rey original Shinou, y que gobierna ahora el protagonista de la historia, Yuri, se caracteriza por su constitución política: se trata en realidad de una monarquía formada por diez territorios casi por entero autónomos, bajo la autoridad de los diez linajes fundadores del reino, uno diría que con plena soberanía en ellos, y hasta con un ejército particular. El rey, en realidad no parece tener más autoridad directa que sobre la capital de su reino y su comarca, pero desde luego las diez familias nobles le deben vasallaje.
Cabe destacarlo, el consejo formado por los diez jefes de esas familias (todos con nombres inspirados en efecto de la historia europea, dicho sea de paso) constituye en realidad el único órgano colectivo de gobierno del reino. Lo dice claramente uno de los personajes en la tercera temporada (Lord Valtrana von Bilefeld), ellos son la representación del reino. De alguna forma el consejo son el equivalente a las Cortes, Dietas, Estados o Parlamentos de la historia europea, pero mucho más reducidos en número, con lo que de alguna forma hubieran sido el ideal de muchos monarcas de antaño.
Y es que ese consejo en realidad se reúne más bien de manera extraordinaria, con lo que en realidad el monarca disfruta de una libertad bastante amplia para su gobierno. Además, varios de los jefes de esas familias residen en la corte, al lado del rey, sirviéndole de consejeros, pero bajo su completa autoridad, sin constituir un verdadero contrapeso a sus decisiones. Tan es así que ello constituyó, según nos cuentan en la historia, un auténtico problema bajo el reinado de la predecesora de Yuri, completamente sometida a la voluntad de su hermano, dejando a los otros jefes de familia y consejeros por completo al margen de las decisiones. Ya no digamos al resto de los habitantes del reino, pues como en la política de Antiguo Régimen, el rey es absoluto, y sus súbditos en realidad no participan en el ámbito de lo político, que pareciera reservado sólo a las familias nobles. Así, los actores políticos aparecen determinados por el linaje y no tanto por el mérito (aunque hay algunas excepciones). Si bien es cierto que los súbditos tienen acceso al rey, nos lo muestran en un entrenido episodio de la temporada 2, es característico que ninguno acude a él para hablarle de cuestiones de Estado, sino por completo inocuas. Más aún, en torno al rey existe un verdadero culto y ceremonial, que va desde su proclamación y llegada a la mayoría de edad, hasta los alimentos relacionados con él y los juegos infantiles imitándolo, todo lo cual sirve para legitimarlo, como vemos bien al inicio de la temporada 3.
El rey, sobre todo en el caso de Yuri, se va perfilando asimismo bajo los ideales más tradicionales de las monarquías europeas de antaño: juez y justiciero, protector de su pueblo (para eso tiene espada y objetos mágicos que sólo el puede usar, por más ridículos que parezcan en un inicio), objeto del amor de sus súbditos, inocente por definición, todo ello desde luego llevado en la serie de manera a veces bastante cómica como nos ilustra bien el apasionamiento de Gunther von Christ, uno de sus consejeros. El juego político se define por tanto por ganar la persona real (como lo intenta el antiguo regente en la primera temporada), y no hay mayor prioridad que mantenerlo bajo protección (la de Conrad Weller en este caso), pues si no todo el sistema político se viene abajo.
En fin, cabe hacer notar que el rey es elegido en realidad por el rey original, Shinou, cuya alma reside en un templo y habla sólo (o casi exclusivamente, pues hay algunas excepciones) con unas sacerdotisas elegidas para ello. Se diría así que es casi un rey legitimado por voluntad divina.
Además, y ya por último, hay que destacar también el papel de las fuerzas armadas. Los nobles, se entiende claramente, se educan en academias militares y son ante todo eso, hombres de espada. Más todavía, se diría que los únicos agentes del Estado son soldados, pues nunca vemos en toda la historia que existan maestros, policías, médicos o algún otro personaje que represente a la Corona en el territorio. Es bien claro que el único médico de la historia, es una médico militar, y el palacio del rey, el del Juramento de Sangre, es así, además de una residencia real, sobre todo un cuartel en el que siempre circulan y se entrenan soldados, Dacascos el más simpático de ellos, cabe decir.
Monarquía compuesta y absoluta, sin política moderna posible, donde la voluntad divina y regia, el linaje, las armas son especialmente valoradas, Shinmakoku constituye así, sin duda, una utopía política de Antiguo Régimen.
Y para ilustrarlo, aquí un fragmento del capítulo 3, en el que vemos a nuestro protagonista ascender al trono, decidido tras haber prometido traer la paz y proteger a los habitantes del país (o al menos de una pequeña aldea fronteriza), y en un ceremonial bajo los acordes de los Royal Fireworks ingleses, música de la más monárquica si podemos decirlo así.

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